El domingo 30 de agosto terminó la vigésima edición de los Talleres de Verano de Subflash y, unos días después, sigo pensando que resulta bastante difícil explicar qué es Subflash a alguien que nunca ha estado allí. Podría decir que es un encuentro de gente relacionada con el diseño, el desarrollo, Internet, el software y la tecnología. Y sería verdad. Pero también sería quedarse bastante corto.
Este año nos fuimos hasta Cuérigo, en plena montaña asturiana, y convertimos durante un fin de semana Ca’l Xabú en nuestra pequeña base de operaciones. Algunos lo tenían relativamente cerca. Otros cruzamos prácticamente la península entera. Nuestro convoy catalán, capitaneado por Marc Palau, llegó después de más de diez horas de coche. Otros vinieron desde Madrid, Bilbao, Valladolid, La Rioja, Cantabria, Oviedo o incluso volando desde Ibiza. Y creo que eso ya explica unas cuantas cosas.
El viernes por la noche repetimos uno de nuestros rituales de siempre: la ronda de presentaciones. Aunque nos conozcamos desde hace años, uno a uno contamos qué ha sido de nosotros desde el último Subflash, qué estamos haciendo, qué nos preocupa, qué proyectos tenemos entre manos y qué bofetadas —profesionales o no— nos ha ido repartiendo la vida.
También llegaron las camisetas de esta vigésima edición y, en pocos minutos, todo empezó a teñirse de azul. Puede parecer una tontería, pero ponerse todos la misma camiseta genera un extraño y precioso sentimiento de pertenencia. Durante unas horas vuelves a formar parte de una pequeña tribu.
Y luego están las conversaciones. Las de verdad. Las que empiezan con una cerveza en la terraza y terminan bastante más tarde hablando de trabajo, de inteligencia artificial, de hijos, de proyectos, de cómo pasa el tiempo o de cualquier otra cosa que no estaba en el programa.
El sábado sí nos pusimos serios. Diego Rodríguez abrió fuego con “Senior… suélteme el brazo”, una charla sin demasiados anestésicos sobre qué significa realmente ser senior y cómo afrontar el terremoto que la inteligencia artificial está provocando en nuestras profesiones. Una de las ideas que más me quedó fue sencilla: aquí no hemos venido a llorar; hay que venir llorado de casa.
Puede ser un momento complicado para buscar trabajo, pero también es un momento increíble para hacer cosas. Quizá tengamos que reinventarnos otra vez. Quizá incluso tengamos que aceptar volver a ser juniors en determinadas áreas. No sería la primera vez.
Después, Ana Cirujano nos hizo pensar en algo que hasta hace muy poco habría parecido ciencia ficción: ¿qué ocurre cuando quien utiliza nuestra web ya no es una persona, sino un agente de IA que busca, compara, rellena formularios o compra por nosotros? Su taller sobre Agent UX acabó siendo casi una conversación colectiva, como suelen ser las mejores cosas en Subflash.
Entre medias, porque esto era Asturias y había ciertas obligaciones que cumplir, cayó una fabada de campeonato con un copango generoso de chorizo, morcilla y tocino. No todo iba a ser transformación digital.
Y por la tarde cambiamos radicalmente de tercio. Ramon Masip nos enseñó a catar aceite de oliva virgen extra en CTRL + ALT + AOVE. Historia, producción, variedades, aromas, picantes, amargos… De repente un grupo de tipos acostumbrados a discutir sobre interfaces y software estaba concentradísimo oliendo vasos de aceite.
Después llegó uno de los regalos inesperados del fin de semana. Xermán Álvarez, nuestro anfitrión en Ca’l Xabú, nos habló de la elaboración tradicional de la sidra asturiana mientras Nerea iba repartiendo culines de distintas variedades. Terminamos todos en la terraza intentando aprender a escanciar. Con resultados, digamos, desiguales. XD
La cena tampoco fue precisamente de régimen: embutidos caseros, quesos asturianos, cachopos y una tarta de queso con la que aprovechamos para cantar cumpleaños feliz a Subflash.
Veinte ediciones
Dicho así impresiona. El domingo todavía nos quedaban fuerzas para acercarnos andando hasta Collanzo y asaltar amistosamente la charcutería familiar de Ca’l Xabú antes de afrontar la última actividad: “Esto no estaba en el roadmap”, una mesa redonda sobre nuestras profesiones en tiempos de inteligencia artificial.
Y creo que, después de darle bastantes vueltas durante todo el fin de semana, acabamos llegando una y otra vez al mismo sitio.
No sabemos exactamente qué va a ocurrir. La IA cambiará nuestro trabajo. Algunas cosas desaparecerán, otras se transformarán y aparecerán profesiones que ahora mismo ni siquiera sabemos nombrar. Probablemente tendremos que reinventarnos unas cuantas veces más.
Pero seguimos teniendo algo importante a nuestro favor. Somos gente que hace cosas. Durante veinte años hemos diseñado, programado, escrito, montado empresas, creado productos, solucionado problemas, aprendido herramientas nuevas y abandonado otras que en su momento parecían imprescindibles. La tecnología cambia; nuestra necesidad de construir cosas con ella, no.
La inteligencia artificial permitirá que mucha más gente pueda crear, y me parece fantástico. Pero seguirá existiendo una enorme diferencia entre tener acceso a una herramienta y tener la curiosidad, el criterio y las ganas necesarias para preguntarse qué se puede hacer con ella.
El domingo terminamos alrededor de otra mesa —como no podía ser de otra manera— con arroz con pitu, torrijas y un brindis con cava.
Después llegaron las maletas, los abrazos y otra vez la carretera. Y mientras volvíamos a casa pensaba que quizá el verdadero milagro de Subflash no sea haber llegado a veinte ediciones. Es que, después de veinte años, seguimos teniendo ganas de volver.
Nos vemos en la siguiente.












