El diseño de producto es una disciplina que se apoya en la experiencia, pero cada vez parece tener menos paciencia con ella. En un contexto donde se prioriza la velocidad, las herramientas y la capacidad de producir rápido, el criterio y la toma de decisiones, que suelen venir con el bagaje, quedan en segundo plano. Es necesario plantear esa contradicción, cuestionar algunas simplificaciones habituales y poner sobre la mesa la necesidad de equipos más equilibrados, donde distintas formas de entender el trabajo convivan para construir productos más sólidos.
Hay algo curioso en el mundillo del diseño, en especial del diseño de producto digital, y del desarrollo de productos tecnológicos en general: se trata de disciplinas que se construyen sobre la experiencia, pero cada vez, por lo que parece ser, hay menos paciencia con ella. Y esto que comento no es una afirmación a la ligera, es un patrón que llevo un tiempo observando, y que se repite con cierta frecuencia; solo hay que observar las ofertas de trabajo y los procesos de selección publicados en LinkedIn y otras plataformas; las descripciones en los puestos por parte de mis colegas de profesión o la forma en que se configuran algunos equipos; para detectar una tendencia silenciosa, diría que casi asumida: la experiencia suma, sí, pero hasta cierto punto; a partir de ahí, empieza a incomodar.
Me da la sensación de que se ha normalizado una especie de ideal profesional que combina frescura, velocidad y dominio de herramientas, con una cierta maleabilidad. Me explico: Se valoran mucho los perfiles capaces de producir rápido y adaptarse sin fricción, pero a la misma vez, encajar en estructuras donde el cuestionamiento profundo no siempre es bienvenido. No hay nada intrínsecamente negativo ni malo en ello; el problema, en mi opinión, aparece cuando ese modelo se convierte en el único válido, y todo lo que queda fuera empieza a percibirse como exceso de peso.
Resulta curioso, porque el diseño de producto – lo que a mí me atañe, claro – cuando es sólido, no se sostiene sobre la velocidad, sino, más bien, sobre la capacidad de tomar decisiones; decisiones que afectan a negocio, a tecnología, a usuarios y, en última instancia, a la viabilidad misma del producto. Me comentaba mi amigo Iván Gajate, que cuando trabajaba en Roche con un equipo muy experimentado, podían estar semanas o meses definiendo el comportamiento, la operatividad y el diseño de un único componente, pero cuando éste estaba cerrado, la implementación iba sobre ruedas. En estos casos, la experiencia no significa un adorno ni un extra, se convierte en una herramienta de trabajo muy potente; porque permite anticipar problemas antes de que existan, detectar incoherencias en fases tempranas, y reducir la deuda invisible que luego se paga en forma de cara colorada, parches, rediseños… y otras urgencias.
Sin embargo, en muchos contextos, esa capacidad queda eclipsada por otros indicadores más fáciles de medir; la herramienta de turno, el último framework, la última IA con su Vibe Coding, o, por dar otro ejemplo más mundano, la capacidad de producir entregables visibles en poco tiempo. Es comprensible; lo tangible siempre resulta más sencillo de evaluar que el criterio; pero, a medio y largo plazo, esa simplificación tiene consecuencias negativas inevitables.
Pero a ver, no toda trayectoria es sinónimo de valor. Hay quienes acumulan años de estancamiento en lugar de aprendizaje, y es ese inmovilismo el que refuerza los prejuicios actuales. Eso existe, y alimenta en parte el sesgo; pero reducir la experiencia a ese estereotipo es, también, otra forma de simplificación; porque el perfil senior que sobrevive en este sector, por definición, es alguien que ha hecho de la renovación un hábito, y aquí también asumo la parte que me toca. Es verdad, no se puede estar al día de todo, siempre. Pero no es menos cierto que el aprendizaje que te da el bagaje, te da ventaja sobre quien no ha vivido las mismas experiencias con anterioridad.
El riesgo real no es que sólo se valore lo más joven; es que se empiece a desconfiar de lo experimentado. Cuando eso ocurre, los equipos tienden a perder equilibrio; se vuelven más homogéneos, más rápidos en ejecución, sí, pero también más frágiles en la toma de decisiones complejas; y eso, en el ámbito tecnológico, a la postre acaba pagándose caro.
Quizá la cuestión no sea elegir entre perfiles senior, mid-senior o junior, sino entender qué papel juega cada uno dentro del sistema; porque un equipo no es más innovador por ser más joven, ni más sólido por ser más experimentado, pero difícilmente será completo si prescinde de una de esas miradas. Porque, al final, diseñar o crear productos no consiste solo en hacer que algo funcione hoy, sino en evitar que deje de funcionar mañana; y para eso, conviene no confundir velocidad con criterio, ni mucho menos, experiencia con lastre.













2 Comentarios en el post “Confundir experiencia con lastre”
Lo tangible siempre es mejor. Mejora mucho la conversación y hace las ideas manejables. Con la velocidad de producción de ahora se nos puede ir de las manos, pero creo que simplemente el proceso cambia (necesita ampliación). El ejemplo de Roche se basa en que es un área ultra regulada, incluso más que los bancos, de ahí que haya procesos estrictos y salidas a producción ultra lentas.
Creo que el texto toca muchos palos: conocimiento, edadismo, cultura de empresa y UX, procesos acelerados gracias a la IA… Que molaría hablar y debatir.
Me quedo con la última reflexión, saber construir equipos con perfiles que se complementen.
Pues lo primero, Raúl, es un honor que me leas y que comentes. Que alguien lea mis incoherencias y preocupaciones, y que además se pare a reflexionar sobre ellas, no es algo tan habitual. Pero si además esa opinión viene de alguien a quien respeto y admiro como tú, Sr. Redondo, para mi ya es directamente un lujo. Me puedo ir a dormir satisfecho hoy. ;-)
Estoy bastante de acuerdo con lo que planteas. Lo tangible ordena la conversación, baja las ideas a tierra y permite que el equipo avance sin quedarse atrapado en lo abstracto; el problema, al menos como yo lo veo, aparece cuando eso se convierte en el único criterio de validación, porque entonces se corre el riesgo de simplificar en exceso cosas que, por naturaleza, son más complejas. Sobre lo de Roche, sí, totalmente cierto; es un contexto muy particular y ultra regulado, y eso condiciona los tiempos y los procesos. Lo utilizaba más como ejemplo de hasta qué punto, en determinados entornos, el tiempo invertido en pensar bien las cosas puede ahorrar mucho después. Evidentemente no es extrapolable tal cual a todos los escenarios, pero sí me parecía ilustrativo.
Y sí, seguramente el texto toca demasiados palos, pero también creo que todos están bastante conectados: cultura, procesos, herramientas… al final todo acaba influyendo en cómo se toman decisiones y en qué se valora dentro de los equipos. Me quedo también con lo que dices del equilibrio; para mí ahí está la clave. No es una cuestión de elegir un tipo de perfil sobre otro, sino de entender cómo se complementan. Cuando eso ocurre, el producto suele salir mejor. Gracias por comentar y por interesarte por mis diatribas, señor, un abrazote.